jueves, 26 de junio de 2014

Una Fe moderna y añeja a la vez

Viajando por una carretera al norte del estado de Nueva York, vi el anuncio de una tienda de antigüedades que apropiadamente se llamaba «Fin de la jornada» porque para llegar a ella, literalmente había que llegar hasta donde se acababa el camino . Al llegar me di cuenta que estaba cerrada. Era el mes de enero y el frío calaba hasta los huesos. Me bajé del auto y vi a una pareja de ancianos salir de la casa que estaba junto al negocio. Eran los dueños, pero en el invierno solo abrían cuando veían a clientes aproximarse. Me preguntaron qué era lo que buscaba, y les dije que nada en particular, pero que me llamaban mucho la atención las cosas antiguas. Abrieron la puerta del establecimiento y el olor adentro no me decepcionó; era una mezcla de olor a madera vieja, aceite y humedad, ese tipo de olores que encuentras en la casa de los abuelos o en bibliotecas y edificios antiguos.
Recorrí la tienda viendo un poco de todo, mientras la pareja de ancianos de ascendencia italiana respondía
a mis preguntas. Había relojes ferroviarios, de esos que se hacían a mano y con una precisión impresionante. También relojes de pared, muebles, cuadros, figuras de cerámica y muchas cosas más.
Las preguntas que comencé a hacer a la pareja, dieron paso a una conversación muy interesante. Me contaron de sus hijos, y de los años que vivieron en la ciudad de Nueva York, y de cómo se vieron interesados en coleccionar cosas antiguas.
En la conversación, el anciano dijo algo con lo que me pude identificar:
«Cuando nos casamos, mis padres ofrecieron regalarnos algunos de los muebles que ellos tenían, porque la casa ya se había vuelto muy grande para ellos».
Continuó diciendo: «Como todo joven, yo quería llenar mi casa de muebles nuevos y modernos. Así que rechacé la oferta de mis padres ». Con un aire de lamento dijo: «Ahora busco el tipo de muebles que mis padres tenían porque los coleccionistas pagan mucho dinero por ellos», después agregó: «Sin darme cuenta, rechacé un tesoro».
Algo resonó dentro de mí al escucharlo decir eso y pensé en mi fe. Nuestra fe.
Somos parte de una generación que se ufana de practicar una fe urbana, moderna y sofisticada, pero el peligro de practicar una fe moderna es que podemos perder la conexión tan necesaria con el pasado. Una fe cristiana moderna es un
oxímoron.
Nuestra fe tiene su origen en la historia de Abraham, Isaac y Jacob, en la vida y muerte de Jesús, los apóstoles, los padres de la iglesia, en monjes y líderes que a través de los siglos edificaron sobre los cimientos de esta fe antigua.
Como el hijo pródigo, hemos disfrutado la herencia espiritual que nuestros antepasados nos dejaron, pero estamos a punto de agotarla. Hemos menospreciado ese legado y lo hemos remplazado por una fe moderna y sin raíces, un credo sin conexión con el pasado.
Si la herencia se acaba, corremos el peligro de quedar a la deriva, y por eso también necesitamos regresar a casa, a las raíces de nuestra fe, y recobrar el pasado.
El conectar nuestra fe con el pasado nos llevará a sentir la historia, y entender el peso y significado de la iglesia a través de los siglos. Tener este tipo de conexión con el pasado no significa que te harás anticuado. Conozco ancianos que son relevantes y modernos, y no importa qué lleven puesto, sabes que son ancianos. Como iglesia siempre estaremos buscando aplicaciones dinámicas y actuales para nuestra fe, pero al mantener nuestra conexión con el pasado, la esencia de nuestra fe continuará sin cambiar. Aunque la expresión de nuestra fe cambie, su esencia no cambiará.
En un sentido, la fe moderna es como la internet, etérea, espacial e invisible. Hay toda una generación que no conoce las cartas escritas a mano, los libros que se pueden palpar y oler. Toda la información está en el espacio, y a veces me pregunto qué pasaría con toda esa información si llegáramos a perder la comunicación con ese mundo etéreo que es la internet. Nos quedaríamos a la deriva, perdidos, sin algo de qué agarrarnos.
Es importante que nuestra fe se siga conectando al simbolismo, pero somos una generación de creyentes que ha acribillado el simbolismo. Al paso que vamos, las próximas generaciones de creyentes no conocerán la cruz, porque muchos la han rechazado como símbolo, nos deshicimos del agua de la bañera con el bebé adentro.
En Latinoamérica por ejemplo, se conoce muy poco a la iglesia ortodoxa. Para quienes no saben, hay tres ramas de la iglesia cristiana; la católica, la evangélica y la ortodoxa. La ortodoxa es la más antigua de todas . Sus orígenes datan de los primeros apóstoles. Se encuentra mayormente en el Medio Oriente y partes de Europa. Turquía tiene algunas de las iglesias más antiguas del cristianismo.

Extraido del libro "Besando mis rodillas" de Jesus Adrian Romero

miércoles, 9 de abril de 2014

Renovando la íntima amistad

Escrita por Matt Redman

En el liderazgo de adoración, no se trata tanto de qué sabemos,
sino de a quién conocemos. Hace poco algo me hizo recordar
esto. Después de un par de meses muy ocupados, me encontré
una vez más victima del síndrome Marta: demasiado ocupado con
los preparativos y sirviendo, con lo cual abandonaba lo importante:
sentarme a los pies de Jesús y escuchar con devoción como lo hacía
María (Lucas 10:38-42).
No me malentienda. Todavía sé elevar los brazos y puedo
recordar las palabras y las melodías. Pero estas expresiones de
adoración casi podían convertirse en hábitos vacíos. Así que no es
tanto qué sabemos, la experiencia o los conocimientos que
hayamos adquirido no significan nada en ese momento, sino a
quién conocemos. Quiero que cada palabra y cada nota sean una
expresión de nuestra relación con Dios.
La adoración en su forma más genuina tiene que ver con la
relación. En el Catecismo de Westminster, el fin principal de la
existencia del ser humano se define como: “Glorificar a Dios y
disfrutar de Él para siempre”.
Primero, glorificar. En otras palabras, responder a este
maravilloso Dios con nuestras vidas, hechos, pensamientos,
palabras y canciones. Y, al mismo tiempo, disfrutar de Él. Como
nos lo recuerda John Piper, Dios se glorifica en nosotros cuando
más satisfechos estamos en Él.
El Señor nos llama a una relación íntima con Él. Sería un honor
mirar tan solo al Rey de reyes desde lejos. Sin embargo, Él nos
llama a algo más profundo: una amistad con Él. Este es el Rey de
Apocalipsis capítulo 1, que majestuosamente sostiene las siete
estrellas en su mano derecha. Sin embargo, es el mismo Rey que en
el siguiente versículo se acerca a Juan, el escritor, y lo toca con la
misma mano derecha, lo consuela y le dice: “No tengas miedo”.
Cuando más honramos a Jesús como Rey, tanto mejor vemos la
maravilla de la mano de amistad que Él nos extiende.
De vez en cuando estamos en un lugar desde donde no vemos
claramente. Quizá haya habido demasiada salida, y poca entrada.
Quizá hemos estado tan ocupados que no nos hayamos alimentado
bien, en términos espirituales. He conocido a muchos músicos que
han estado en ese lugar, y me incluyo. Dios nos llama a regresar al
lugar de la amistad.
En Juan 15:15 Jesús les dice a sus discípulos: “Ya no los llamo
siervos (...) los llamo amigos”. Ahora, claro que todos somos
llamados a servir a Dios, pero Él nos llama a ir más allá, al lugar de
la amistad; un lugar donde un sirviente no puede llegar. Asegúrese,
como líder, que no se conforma con el lugar de siervo, cuando Dios
le extiende su mano todopoderosa en amistad.
Es tiempo de renovar la amistad íntima con Dios. Hágalo, y lo
antes posible. Porque en el liderazgo de adoración, no importa
tanto lo que sepamos, sino a quién conozcamos.

domingo, 6 de octubre de 2013

MUSICA PARA MANIPULAR



La música que sirve para manipular emociones...

 



 Extraido del blog de Noel Navas: un articulo de la BBC...

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