jueves, 30 de agosto de 2012

INTIMIDAD EN LA ADORACION


Intimidad – Se ha vuelto una palabra “caliente” alrededor del mundo de la adoración; es casi una moda  entre la gente hacer grabaciones de adoración. Pero, ¿cuál es la verdadera intimidad que no es solo una tendencia? 
En lo más simple, intimidad en la adoración significa que expresamos nuestra devoción, usualmente a través de  cantarle a Dios.  
Para algunos de nosotros, cantar canciones íntimas en “primera persona” a Dios se ha vuelto muy común,  pero si volvemos a ver unos años atrás, recordamos que no siempre fue así. La mayor parte de mi vida, recuerdo que cantábamos canciones acerca de Dios, o cantábamos canciones que nos exhortaban a vivir mejor.  
Pero mi hambre, inclusive de niño, era de comunicarme directamente con mi Creador. Quería cantarle a  Dios. Quería revelar mi corazón a Dios y quería que Él me revelara su corazón. Recuerdo muchas veces cuando el lider de las canciones comenzaba a “predicar”, tratando de meterme en “eso”.  Pero por dentro yo clamaba, “¿Adónde puedo ir a reunirme con Dios?”  
En el verano del 85, encontré por primera vez adoración íntima colectiva en una conferencia de John  Wimber en Kansas City. El lider de adoración (Danny Daniels) simplemente se ubicó frente al micrófono y empezó a cantar canciones que me ayudaron a expresar mi corazón a Dios. Fue tan simple. Y era exactamente lo que andaba buscando.  
Cuando John y Carol Wimber (Fundadores del movimiento de Iglesias Viña) y otros comenzaron una reunión en una casa en 1977 en California, se reunieron porque tenían hambre de estar con Dios. Carol comparte un poco de cómo era  y qué aprendieron ellos de la intimidad: “Noté algunos momentos durante la reunión, usualmente mientras cantábamos, en donde experimentaba  a Dios profundamente. Cantábamos muchas canciones, pero la mayoría de las canciones eran acerca de la  adoración o testimonios de un cristiano a otro. Pero de vez en cuando  cantábamos personal e íntimamente a 
Jesús... ese tipo de canción removía y alimentaba el hambre de Dios dentro de mi.”  
La gente quiere cantar canciones íntimas a Dios porque dicen lo que su corazón ha estado añorando decirle a El, y muchos de ellos han estado anhelando tener esa intimidad por toda su vida. Esta expresión de intimidad se llena con una expectativa de la presencia de Dios; su corazón revelado después de que hemos revelado nuestro corazón a El. Esto es verdadera intimidad, una relación viva con Dios. Qué gozo más impresionante cuando descubrimos que El está anhelando estos momentos íntimos también. Entonces cantamos!!! Dios ama acercarse a nosotros mientras nos acercamos a El.  
Alguna gente me pregunta: “¿Todas las canciones íntimas tienen que tener un ritmo musical suave y gentil?” Mi respuesta es (con una risita): “NO!!!” La música que uso la escojo para animar un diálogo íntimo y el abrir nuestros corazones a Dios. Recuerdo varias canciones que tienen ritmo rápido y son íntimas. De cualquier modo, si les digo que si tienes gran dificultad con canciones de amor íntimas a Dios, (y muchas de ellas tienen un ritmo lento), entonces talvez te cueste un poco estar cerca de mi porque amo ese tipo de canciones y tiendo a usarlas cuando lidero la adoración en mi iglesia o cuando hacemos una grabación.  
Si intimidad en el sentido “angosto” significa que  cantamos a Dios, entonces en el amplio sentido,  intimidad significa que vivimos nuestra vida entera en la presencia de Dios. Si nos entregamos a otros amores, a otros dioses, vamos a perder intimidad con Dios, o la vamos a tratar de fabricar en una manera que es superficial y puramente física. Este es un encuentro vacío para ambos Dios y nosotros.  
No podemos invertir toda nuestra semana en busca del mundo, y después preguntarnos porque nuestra adoración el domingo se siente plana. La intimidad real no se puede crear simplemente cantando las canciones correctas. La adoración íntima realmente sucede cuando las canciones vienen como un rebalsamiento de nuestro corazón lleno de amor. 

Por Brian Doerksen (Escritor y Productor)

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viernes, 10 de agosto de 2012

A LOS PIES DEL MAESTRO

Me gusta y se me estremece el espíritu cuando leo y medito en Juan y el primer capítulo de Apocalipsis. El Cristo glorioso, lleno de toda la majestad de Dios, se le revela caminando en medio de las iglesias: «Cuando le vi, caí como muerto a sus
pies» (1.17). 
Juan el apóstol había caminado con Jesús en su juventud. Se había sentado a su lado en la misma mesa. Habían navegado en el mismo barco. Juan había visto la gloria del
Señor cuando se transfiguró en el monte y estuvo al lado de la cruz cuando Jesús murió. Pero en la visión del Apocalipsis mira al Rey, al Profeta por excelencia, al Sacerdote eterno de la Iglesia con toda su gloria y majestad, y no lo soporta. Para
el apóstol es una experiencia mucho más grande que toda su experiencia pasada, y «cayó como muerto a sus pies».
Es que no me puedo mirar de otra manera: en su presencia estoy siempre muerto, crucificado, a los pies de mi Señor y Rey. ¡Cómo admiro a esa mujer que. sabiendo de su condición de pecado. en medio de la murmuración y críticas lavó con sus lágrimas los pies del Maestro y los secó con sus cabellos!
Hoy día, mucha es la soberbia que cabalga altiva y se mete en medio del Pueblo de Dios. Hallamos soberbia de denominaciones o concilios que se ponen por encima de los demás. Encontramos soberbia de ministerios o congregaciones que se creen portadoras y monopolios de (toda la verdad». Vemos soberbia racial o social que hace a un lado precisamente a aquellos con los que Jesús se juntaba. Y no falta la soberbia religiosa que convierte en digna de juicio toda cosa o actitud en el hermano que no comulga con su manera particular de ver la vida cristiana. En medio de tanta soberbia. la única forma de seguir al Señor es vivir como «muertos a sus pies.
(22)

Me quedo en la presencia de Dios
Después de todos los años de mi ministerio, después de todo lo que viví, después de todo lo que aprendí y experimenté, si pusieran hoy delante de mí una gran balanza, y en uno de sus platillos me ofrecieran todo el poder político. todo el poder eclesiástico. todo el poder económico, todo el poder de la fama y la popularidad; y en el otro platillo me ofrecieran únicamente la presencia de Dios. ¡me quedo con la presencia de Dios! ¿Acaso no fue eso mismo lo que dijo Pablo cuando afirmó: «Pero cuántas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente aún estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del
conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo y lo tengo por basura, para ganar a Cristo» (Filipenses 3.7-8).
Uno pudiera entablar un diálogo con Pablo y preguntarle: «Pablo, ¿de qué está hablando? ¿No conoció usted a Cristo el día de su salvación?» La respuesta de Pablo sería: «No, mi amado hermano. Yo comencé a conocer a Cristo el día de mi salvación; pero todavía no lo conozco a cabalidad. Me refiero al conocimiento que se da entre dos personas a causa de una comunión íntima. Y no puede haber esa comunión si uno no está en presencia del otro. Lo que anhelo, y por eso estoy
dispuesto a perderlo todo, es vivir continuamente en la presencia de mi Señor. Solo así podré conocerlo mejor». 
Sí, también Pablo se quedaba con la presencia de Dios. ¿y usted con qué o con quién se queda? ¿Sabe lo que he aprendido? Si bien es cierto que la presencia de Dios de por sí es suficiente en mí para mantenerme cerca de Él, también es cierto que esa presencia no me permite quedarme pasivo, en estado de contemplación, sino que enciende fuego dentro de mis huesos, me convierte en un enamorado, en un apasionado... 
Así debe ser con su presencia en nosotros.


EXTRAIDO DEL LIBRO: "EL PODER DE SU PRESENCIA" de Alberto Mottessi